Todo empezó con una sinfonía en crescendo. Empezando por un oboe se fueron sumando uno a uno todos los instrumentos de viento, más tarde la cuerda y al final todos juntos en armonía trazaron la perfecta pieza de la infancia.
En ese momento después de la sinfonía hubo un vestigio de ritmos que aceleraban y deceleraban siempre en una misma base para en poco tiempo aparecer las palabras que pertrecharon la mente a medida que se crecía scratcheando la cabeza.
Le siguieron unas distorsiones, algunas sucias y otras puras que envolvieron la fortaleza física adolescente.
Y así pues fue como se completó. Sinfonías en el alma, rap entre los dedos, punk en la razon, todo envuelto en una coraza de cuero y metal, en armonía como siempre.
Pero sucedió que a medida que crecía se abrió hueco el blues en lo más profundo de su pecho. Tanto, que una armónica llegó a ser su totem y lenguaje para los sentimientos mientras se bailaba un tango en soledad.
Siempre hubo un doble bombo en el corazón que de rabia estalló en el death más brutal, oscuro y visceral, envenenando la sangre.
Pero antes de llegar a su completa destrucción apareció un swing de la traquea atascada. Rodeándole y cambiando sus pasos por jazz. Haciéndole llegar a música de todo tipo y condición.
Y así vagó, sin miedo. Con una ecléptica mezcolanza de ritmos unidos hasta el requiem.
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