Cuentan que existe o existió. De entre toda la marabunta humana. De entre todos los viandantes que viandan por las aceras... uno... de entre tantos millones con una vida normal como la de otros tantos millones... uno. Cuentan que caminaba una mañana camino a una pesarosa jornada de trabajador.
Sucedió que apareció una señora bastante anciana. De facciones torcidas por la edad, dejando una peculiar mueca de cánido... Lo que viene a ser una vieja bien pelleja. Y le pidió un cigarro a nuestro mediocre protagonista. Dicho personaje se dispuso a darle un cigarro, cuando al abrir el paquete se dio cuenta de que era el último que le quedaba. No pudo evitar poner cierta cara de decepción. Aún así, cedió su último cigarro con una sonrisa a esta misteriosa señora perruna.
Agradecida ella le obsequió con una prenda que dejó en sus manos. Acto seguido, a la que éste levanto la vista, la señora había desaparecido como por arte de magia, dejando a nuestro protagonista con cara de vaca.
¿Qué fue de la mujer? Nadie lo sabe. Dicen que cada cierto tiempo se la puede ver en cualquier calle pidiendo tabaco. Dicen que es una especie de bruja... pero también dicen que su padre era un perro... Es una historia que no nos interesa. Esta señora recorre una rutina vital que sería aburrido sobremanera contarlo.
La cuestión es que el muchacho, uno de entre todos, ese día perdió su trabajo, se rompió su coche y su mujer le dejó... sí... No era uno de esos días buenos precisamente para él. Empezó a pensar que esa prenda estaba maldita, que le traía mala suerte.
La prenda se trataba de una chupa oscura de diseño antiguo. Antes de tirarla le dio por inspeccionar los bolsillos. Estaban vacíos, tan vacíos que el mismo bolsillo era el vacío. Ahí dentro había un espacio infinito y así se dio cuenta del nuevo poder que ostentaba nuestro personaje de clase media tirando a baja, más baja aún tras perderlo todo. Todo lo que allí entrara no sería descubierto por nadie a excepción de él, pudiendo entrar infinitas cosas en un espacio reducido. Pensó para la cantidad de cosas que le valdría. Pero nuestro protagonista siempre fue muy humilde, se contentó durante mucho tiempo con tener lo justo... Algo de pan, algo de vino si se terciaba el día... pero nunca más allá de esos caprichos. Así vivió una larga temporada; robando lo justo para sobrevivir.
Un buen día a sus oídos llegó una historia, una leyenda que hablaba sobre la joya más preciosa jamás encontrada. Decían que esta joya había cautivado de tal forma al que la descubrió que cuando se la arrebataron para guardarla en una cámara acorazada, éste acabó suicidándose de la pena que tenía en el cuerpo... Pobrecito... Contaba también la leyenda que nadie más la había visto, quedando en aquella cámara acorazada para el resto de los días.
Nuestro querido ladrón (si es que robar comida y poco más se considera robar) pensó que podría adquirir tal pieza olvidada en el fondo de la cámara tras el mayor conjunto de seguridad jamás diseñado. Ya poseía años de experiencia para esto del robo, tan solo necesitaba entrenarse para la gran prueba.
Pasaron los años mientras nuestro protagonista (de tan bajo rasero que no recordamos el nombre) preparaba todo lo necesario. Precisó primero de saber la localización, más tarde, ver la rutina con la que operaban los guardias, y así, utilizando todos los trucos y herramientas que conocía llegó por fin al interior de la cámara, cogió el recipiente, lo metió en su chupa de eterno bolsillo y precioso diseño antiguo y desapareció dejando atrás solo el rastro del viento.
Cuando llegó a un sitio más seguro sacó aquella joya del recipiente. Era lo más bonito que jamás había visto y cual fue su sorpresa al darse cuenta de que estaba viva aquella joya. Su cuerpo se estremeció al verla volando cerca de él, se conformó con robarle unos besos, un abrazo bien sentido y dejarla volar libre esperando que de cuando en cuando volviera a visitarle siempre que sus derroteros por ahí la llevaran
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